LA MAGIA DE WOODY ALLEN, MOVER LA CÁMARA Y JUGAR A SER DIOS

CINE TDS

Compro un hot dog y me siento en un banco. Hace un poco de frío pero disfruto enormemente de todo lo que pasa a mí alrededor. Hablo un poco conmigo sin ser consciente de ello. Un vagabundo (o alguien que lo parece) me lanza un “Buen provecho” que me coge desprevenido. Respondo con una sonrisa. Tomo un café para entrar en calor, compro una entrada para Magia a la luz de la Luna (2014) y entro en la sala. Fila nueve. Chaqueta fuera. Móvil en silencio. Se apagan las luces. Llevaba mucho tiempo sin poder ir al cine (es un crimen, lo sé) y francamente lo necesitaba. Asisto a mi reunión anual con Woody Allen y durante unos noventa minutos veo su historia. La escucho. Y lo mejor, descubro de qué voy a hablaros esta semana.

 

La crítica se ha dividido (como tantas otras veces) al hablar del último trabajo de Woody Allen. El hombre incombustible. Y creo, que aunque todos busquen la razón por la que el neoyorquino no es un director al uso, un film al año des de hace ya un porrón de décadas, es innegable que Woody Allen es un excepcional guionista que vive para contarnos historias. Delega sobremanera la fotografía, el vestuario, el maquillaje y todo lo demás a los mejores profesionales del sector. Deja a los actores que simplemente lean sus frases y siempre coloca la cámara con cierto desdén, solo preocupado de que no moleste demasiado y de que el espectador pueda ver en todo momento lo que está contando de un modo muy limpio. Woody Allen solo se obsesiona con el guión y el montaje. La historia y el ritmo. Texto y música. El ritmo. Dicen que siempre cuenta las mismas historias, que siempre son los mismos personajes y que a veces, aburre. Yo contesto Annie Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura del Cairo (1985), Delitos y faltas (1989), Match Point (2005) y Medianoche en Paris (2011).

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Magia a la luz de la Luna no es uno de sus mejores trabajos y de todos modos será una de las mejores comedias románticas del año. Puede que incluso logre una nominación al Oscar por el vestuario de Sonia Grande. La recomiendo a todo el que espere perderse durante una hora y media. Es ligera, amable, divertida y la historia tiene un par de giros bastante buenos aunque ciertamente previsibles. Si queréis algo más… Podéis obviarla pero no matéis a Woody Allen porque ya ha demostrado que renace cada cierto tiempo para brindarnos una gran obra maestra y más vale estar preparado para cuando llegue. A partir del trabajo de Woody Allen podríamos hablar de una infinidad de conceptos de guión y dirección. Sin embargo, como esta semana volví a ver Moulin Rouge! (2001) hablaremos de mover la cámara, de ser el director, de ser Dios.

 

La primera clase que recibí sobre la dirección cinematográfica fue todo un espectáculo. Digamos que el profesor es un hombre muy activo y consiguió sin demasiado esfuerzo que aquello que escuchaba me interesase sobremanera. Dirigir es jugar a ser Dios. Tú escoges todo aquello que se va a ver en pantalla y aunque tienes a los mejores expertos para ayudarte al final la decisión es tuya. Y de entre todas las decisiones puede que una de las más importantes sea donde colocar la cámara. ¿Plano general? ¿Plano medio? ¿Primer plano? ¿Cámara en mano? ¿Estática? ¿Qué ritmo buscamos? ¿Qué queremos que el espectador mire? Mientras contamos una historia somos Dios. El Dios de esa historia. Supongo que ese es el motivo por los que muchos se ponen cachondos cuando oyen hablar de dirigir. Pero la gran pregunta siempre es ¿Por qué? ¿Por qué colocamos la cámara en ese sitio y no en otro? La clave es la intención. Perdón, LA INTENCIÓN. Ser director significa contar una historia siguiendo una clara intención. ¿Qué estamos contando? Hablaremos de eso en un futuro pero seguro que lo entendéis mejor cuando os ponga un par de ejemplos.

 

Moulin Rouge: El París más bohemio en el barrio más bohemio con los personajes más bohemios. Un musical con una historia de amor loca en el Moulin Rouge. Narración veloz y accidentada. Ritmo alto. Muy alto. La intención de Baz Luhrmann es trasladarnos a ese mundo y mueve tantos elementos como puede para conseguirlo. Sin ninguna duda su principal aliado en esta tarea es la cámara. Planos rápidos. Tan rápidos como sea posible. Cortes por todos lados, movimiento puro. Debo reconocer que la primera vez que vi la película me costó mogollón. Debo tener algún problema de cognición pero aquello era demasiado rápido para mí. Los primeros veinte minutos me costaron muchísimo. Aquello era un videoclip constante. Una vez superé el primer visionado se convirtió en una de esas películas que reviso cada cierto tiempo. Me encantan los musicales y creo que no había mejor manera de contar esta historia que la que eligió el director australiano.

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Utilizar muchos planos tiene una ventaja respecto a la dirección más clásica, de planos más largos. El director puede adaptar el tempo, el ritmo y el espacio de la escena a su antojo. El director es Dios en su máxima expresión. Sergio Leone jugaba a lo contrario. Sus planos eran largos y conseguían la tensión que necesitaba. Cada vez que Leone cortaba un plano era para retroceder un poco en el tiempo. Todo era más lento. Al espectador actual eso le cuesta mucho. La acción tiene que ser mucho más visual y menos dramática. Los mejores ejemplos de eso (en positivo y en negativo) son El caso Bourne (2002) donde el ritmo de planos es frenético y se traslada perfectamente el concepto de ACCIÓN y en el lado opuesto Quantum of Solace (2008) donde creo que Marc Forster intentó darle algo a la película del agente 007 que no se aguantaba por ningún sitió. Un claro ejemplo de que una buena dirección no presupone contar una buena historia. Woody Allen no juega con los elementos, casi es como si le molestaran. Woody Allen ama la historia. Trabaja para la historia. Y eso mola, mola mucho.

X. SEGÚ

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