SOBRE EL COSTE DE OPORTUNIDAD Y LA BRÚJULA DE COPPOLA

CINE TDS

Esto sí, esto no. Ahora sí, ahora no. Ahora aquí y más tarde allá. ¿Ir o no ir? ¿Amar o dejar pasar? ¿Trabajar o descansar? ¿Blanco o negro, o gris? ¿Verde? ¿Violeta? ¿Azul? ¿Mar o montaña? ¿Sentir o pensar? ¿Corazón o cabeza? ¿Coger el tren o esperar en el andén? ¿VO o doblaje? ¿Cine o fútbol? ¿O un buen libro? ¿Ayer, hoy o mañana? Esto más corto, aquello más largo ¿Comedia o tragedia? ¿O una de terror? ¿Escribir o esperar? ¿Lo que quiero o lo que debo? ¿Controlar o perder el control?

Hace más de siete años escribí un texto no muy largo (y no muy bueno) para la que en aquel entonces era mi enamorada. Hablaba de un concepto que había aprendido en clase de economía, fíjate tú. Eso sí, economía aplicada a la empresa y nivel básico que en eso de los números y las fórmulas me pierdo con facilidad. Ese concepto me ha perseguido durante toda la vida y no precisamente como una bendición. Hay algo muy pesimista en ello. Algo que me atrae y que de un modo u otro creo que debo compartir. Se trata del coste de oportunidad. Y el coste de oportunidad no es ni más ni menos que aquello que escogemos no hacer. Ejemplo: Si tengo diez euros puedo ir al cine o comprarme… ¿que se compra con diez euros? Me puedo tomar un gin-tonic (Si hablamos de alcohol me sitúo muy rápido). El caso es que si voy al cine mi coste de oportunidad es el gin-tonic y si me tomo el cóctel mi coste de oportunidad será ir al cine. El coste de oportunidad nos cuenta aquello a lo que hemos renunciado. La cosa es mucho más complicada, claro está, pero el concepto es así de fácil.

Es una mierda de concepto. Me recuerda sin parar todo a lo que renuncio, las veces que me equivoco y la gran pregunta: ¿Qué hubiese pasado si…? Y vivir así no es bueno, os lo aseguro. Menosprecias lo que tienes por lo que podrías haber tenido, no disfrutas de lo que haces por lo que podrías haber hecho y tienes una constante sensación de culpa cada vez que no haces lo que se supone que debes hacer. Pero soy una persona extremadamente práctica y el coste de oportunidad me ayuda a no perderme. Mi cabeza dibuja un diagrama con flechas y colores. Todas mis opciones al descubierto. Y, simplemente, escojo la que me parece correcta. A veces me equivoco, a veces me enfado y algunas veces no cumplo pero como mínimo tengo claro qué es lo que he escogido. La vida es bastante más complicada que eso. Hay muchas veces que no puedes escoger. O veces en las que tienes que escoger sobre opciones perdedoras, y lo sabes. Y también están esas opciones que son como un movimiento de ajedrez; si yo hago esto pasara esto otro y yo entonces podre conseguir aquello siempre que no ocurra lo de más allá. ¿Y que tiene que ver el coste de oportunidad con el cine? Vamos a ello.

Hacer una película consiste en escoger sin parar de entre una infinidad de opciones (si, infinitas). ¿No me creéis? Cogemos un plano de cualquier película, la que os apetezca. ¿Donde está colocada la cámara? ¿Cómo es la estructura del plano? ¿Es un primer plano, un plano entero, conjunto? ¿Cámara en mano o estática? ¿Qué ropa lleva el personaje? ¿Tiene el fondo desenfocado? ¿Qué color predomina? ¿Cómo son los objetos que lo rodean? Todas estas preguntas, si el equipo es bueno, se han hecho antes de ir a grabar y las elecciones se deben a algo, nunca deben ser gratuitas. Cada plano debe transmitir algo. Debe tener una función más allá de mostrar. ¿Queremos transmitir seguridad, miedo, tranquilidad? ¿Debe ser un plano bonito? ¿Quedara bien en el conjunto de la secuencia? ¿Es coherente?

coppola

La realidad es que cada pequeño detalle conlleva una gran cantidad de decisiones que dejan tras de sí un coste de oportunidad. Y muchas veces la diferencia entre una película horrorosa y una buena película depende de esos detalles. La diferencia entre una obra maestra y una buena película. La diferencia entre mostrar y contar. Francis Ford Coppola (el director de la trilogía de El Padrino, la conversación (1974) o Apocalypse Now (1979)) llevaba consigo una libreta a los rodajes. En esta libreta llevaba el guión diseccionado y separado por escenas. Cuando tenía que escoger cualquier decisión consultaba la libreta y esa era su brújula, la brújula de Coppola. Sus notas era algo parecido a esto: “No hay que tener prisa. En esta escena mostramos el momento clave de la vida de Michael Corleone. Debemos crear tensión. Fijar la mirada en la pistola. Es un personaje muy humano. Él no conduce la acción pero no lo perdemos nunca de vista”. Y con eso dirigía. Siempre que tenía que escoger cogía su brújula y se ceñía a aquello que había decidido antes del rodaje. Después hay que ser un genio, claro está, pero esta ya es otra historia.

Algo parecido ocurre al escribir. Cada palabra debe ser única, debe tener un sentido. Cuando escribo suelo hacerlo sin pensar demasiado así que no hay coste de oportunidad posible. Escribo lo que creo que hacen mis personajes, lo que creo que dicen, lo que creo que piensan. Lo que ocurre en un guión suele ser decisión directa de lo que mis personajes deciden hacer delante de una situación. Las escaletas me ayudan a dirigir ese camino y mis personajes suelen acatar la norma sin esfuerzo. Algo muy mágico sucede en el subconsciente, los personajes cobran vida pero no se despegan de ti. Y les diriges sin esfuerzo. Cuando esto sucede, es que vas por buen camino. Es en la re-escritura donde el coste de oportunidad aparece como una losa. Es al revisar lo escrito cuando empiezas a preguntarte si esa es la mejor frase, si has escogido el mejor camino. Mientras escribes solo intentas que todo fluya (me encanta este verbo) pero mientras diseñas la historia y al terminarla… el coste de oportunidad. ¿Cómo en la vida, no? Pensamos y diseñamos nuestro camino, con mimo y cuidado. Pensando en nosotros y en los que importan. ¿Y luego? Luego simplemente las cosas suceden, y no escoges una mierda. Y la vida te lleva por donde quiere y te sientes como un títere del… perdón, si que escogemos. Yo escojo mi coste de oportunidad, eso nadie me lo puede quitar. Y eso mola. Mola mucho.

X.SEGÚ

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