MI CASTILLO DE LEGO Y EL SOL DE UN NUEVO DÍA

CINE TDS

Hace ya unos cuantos años los reyes me trajeron una gran construcción de Lego. Era un castillo enorme con lo que parecían millones de piezas. Me pareció imposible terminarlo algún día y sin embargo, el tesón de un niño es solo comparable al afán de sexo de un adolescente (bueno, igual me he pasado). La cuestión es que poco a poco y sin ningún tipo de ayuda fui levantando el castillo de Lego con sus puertas, sus torres, su muro y todo lo demás. Siempre he disfrutado más del proceso de preparación de un juego que del propio juego. Mi imaginario funciona a toda máquina mientras planteo algo, y todo funciona en mi mente, y todo es perfecto. Después la realidad me dedica una soberana ostia para demostrarme que aquello que en mi cabeza es perfecto rara vez resulta interesante una vez puesto en práctica. Del mismo modo que cuando ahora me sorprende una historia que me levanta de la cama y sé que en pocas ocasiones será más que una idea mediocre por aquel entonces ya sabía que al terminar de construir mi castillo tardaría poco más que un par de tardes en aburrirme de él. Supongo que por ello siempre defiendo que el proceso para conseguir algo tiene que resultar más gratificante que el propio resultado.

La cuestión es que termine mi castillo. Y le hice un par de fotos que a no ser que mi madre las guarde en el baúl de los secretos han caído en el olvido. Y a las pocas horas de tener mi castillo levantado me aburrí de él y tuve la suerte, o la desgracia, de que mi hermano estaba cerca de la zona y ya llevaba unos cuantos días amenazando con destruirlo. Mi hermano entró en la habitación y, muy educado, me pregunto si podía destruirlo. Soy tres años menor y mi inocencia ya perdida me llevo a responderle que sí, que si eso le hacía feliz lo podía destruir, que yo ya lo había levantado y con ello ya estaba preparado para otras empresas. Y era cierto. Sin embargo, mientras mi hermano convertía mi castillo en aquel millón de piezas inicial empecé a llorar. Era mi castillo y me había costado muchísimo levantarlo. Mi hermano, que tiene menos empatía que una rueda de camión no lo entendió. Mi madre, abronco a mi hermano sin razón y yo aprendí una valiosa lección. Los castillos debe destruirlos el que los ha levantado.

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Y es por ello que ahora, cuando escribo algo que no merece la pena, soy yo el primero que lo critica. Es mi derecho. En los últimos dos meses he participado como técnico, actor o productor de más de ocho espectáculos teatrales, la mayoría de ellos francamente malos (ojo, no todos). No me habrán escuchado crítica alguna pues a cada cuál le pertenece el derecho de analizar el resultado. Y ves a los actores contentos, y al director brindando con cava y al equipo sonriendo… ¿Y quien soy yo para ensuciar tan bella estampa? Criticar conlleva una gran responsabilidad y sólo bajo petición expresa del equipo en cuestión me atrevo a dar mi opinión, siempre sincera. Me siento mal al hacerlo pero no he aprendido a complacer a nadie y se me revuelve el estómago si aquello que sale de mi boca no es lo que quiero decir en realidad. ¿Virtud o defecto? Pues no lo sé pero la culpa es de mi hermano, que destruyo mi castillo. Tengo por costumbre desaparecer unos minutos al terminar una estrena. Mientras familia y amigos dicen que aquello que acaban de ver es fantástico. Mientras todos viven la Alfombra Roja yo me encierro allá donde pueda, me fumo un cigarrillo y me tomo un whisky. No quiero que nadie me pregunte aquello de: “Que te ha parecido” porque temo decir la verdad. Y me haya gustado o no, levantar una obra de teatro es muy complicado y requiere de mucho esfuerzo y dedicación. ¿Quién soy yo para destruir ese castillo?

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Las últimas semanas han sido de infarto. He trabajado muchísimo (no hay queja) y solo en la noche, al llegar a casa destrozado, encontraba unos minutos para mí. Me cuesta mucho conciliar el sueño y me he dedicado a revisar la trilogía de El señor de los anillos. La versión extendida, cuidado. Cada día unos minutos, mientras se me cerraban los ojos y sentía que mi cuerpo conseguía relajarse. Me encanta esa trilogía y al final de Las dos Torres Sam realiza uno de los discursos que mas me excita del séptimo arte. No es especialmente original o profundo, no es más que un pequeño speech pero aquí lo dejo, porque quiero compartirlo: “Igual que en las grandes historias señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y grandes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de lo que ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero, como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba, para dar paso a un nuevo día, y cuando el Sol brille, brillará más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo señor Frodo, que ya lo entiendo, ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran, pero no lo hacen, siguen adelante, porque todos luchan por algo.” Bonita reflexión, ¿no? La esencia de una buena historia y una bella alegoría de lo que es la vida. Y eso mola. Mola mucho

X.SEGÚ

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Una respuesta to “MI CASTILLO DE LEGO Y EL SOL DE UN NUEVO DÍA”

  1. EL REFRITO DEL VERANO | Promarex's Blog Says:

    […] “MI CASTILLO DE LEGO Y EL SOL DE UN NUEVO DÍA”. Porque su mensaje me chifla, que cada uno destroce su castillo. […]

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