La perfecta imperfección

CINE Todos

Buscamos la perfección. Por definición aquello perfecto es insuperable, simplemente lo mejor, así que vamos en su persecución. Queremos ser el hijo perfecto, el mejor hermano, el amigo con respuestas, el amante que excita, el trabajador aplicado. Queremos tener un cuerpo escultural y un expediente inmaculado. Queremos ser la envidia de todos y no importa a lo que renunciemos en busca de nuestros objetivos.  No importa si por el camino dejamos de ser nosotros mismos. Nos consolamos pensando que no somos ni mejor ni peores, que simplemente somos distintos, Rebajamos nuestras expectativas, nos centramos en aquello por lo que podemos batallar, nos dejamos seducir por la cultura del “no seas uno más, tienes que ser el mejor” y renunciamos a principios que parecían inquebrantables. Trabajamos más horas de las que nos parecen apropiadas porque queremos ser los mejores, DEBEMOS serlo. Buscamos la perfección aunque dejemos de ser auténticos.

Ayer volví a ver Los chicos del coro y descubrí cuán imperfecta es esa película. Guión débil, personajes arqueotipados, montaje e iluminación invisibles y dirección pobre; la mayor parte de los planos son únicamente informativos y están ausentes de cualquier plasticidad o segundo significado y sin embargo… nos conmueve. Pertenece a ese tipo de películas que no destacan por su técnica, interpretación, dirección o historia y aún así consiguen atrapar y entretener pese a sus numerosos defectos y sus escasas virtudes.  He bautizado a este tipo de película como películas perfectamente imperfectas. Seguramente, sin saberlo, son mi categoría favorita. Aquellas películas donde crítica y público se pondrán de acuerdo para decir que no tienen nada de especial y, sin embargo, unos y otros se sentarán a mirarlas una y otra vez con una sonrisa. Puede que busquemos la perfección pero nos encanta aquello imperfecto. Terriblemente imperfecto, terriblemente auténtico.

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Las primeras películas de James Bond están repletas de errores de montaje, el Woody Allen de los ochenta no sabía ni dónde colocaba la cámara, Pedro Almodóvar siempre tiene momentos argumentales muy pobres, grandes directores como Spielberg, Scorsese o Brian de Palma presentan a veces trabajos sucios en composición de planos o historia… ¿Y qué nos importa? Consiguen transmitir aquello que quieren contar, su historia nos atrapa, sus personajes nos enamoran… Cuando algo es auténtico y está contado con el alma dejamos que nos embauque. No nos importa si un plano carece de sentido, si hay errores de montaje, si la historia está manida o si no nos cuentan nada nuevo. Pretty woman es perfectamente imperfecta, El otro lado de la cama es perfectamente imperfecta, La milla verde es perfectamente imperfecta, El diario de Noa es perfectamente imperfecta.

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Puede que no sea nadie para dar consejos, podéis dejar de leer si queréis, pero hoy os escribo porque, como casi siempre, ver cine me permite entender algunas cosas de este mundo en el que vivimos. Huid de la perfección, dejad de buscarla. La perfección no sirve absolutamente para nada, la perfección es solo un límite que tenemos siempre encima de nuestras posibilidades que nos obliga a nadar hacia ella. Es la zanahoria que llevamos delante de nuestras narices, aquella que hace que el burro avance, aquella que hace que traguemos con todo, aquella por la que aceptamos renunciar a lo que realmente queremos. Olvidaos de ser perfectos. Sacaos esa losa de encima y simplemente intentad hacer aquello que os hace felices. Porque la felicidad es la imperfección perfecta. Porque ser auténtico es la perfecta imperfección. AU-TEN-TI-COS.

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Cogeos el día libre para ir a la playa y si llueve no temáis, el agua no quema. Abandonad la operación biquini y entregaos a los placeres de la carne, fugaos con la novia allí donde no puedan encontraros. Dejad el trabajo, porque un CV con manchas siempre será más atractivo que uno perfecto (¿Quién se cree un CV perfecto?). Coged el tren hacia la libertad o el primer vuelo que os lleve a casa para estar con los vuestros. Dejad de exigiros la perfección y empezad a exigir autenticidad. Luchemos por ser nosotros mismos y lo mejor de nosotros aflorará sin saberlo. Tim Burton lo hizo, Woddy Allen lo hizo, Almodóvar lo hizo. Un señor llamado Quentin Tarantino pone la cámara donde le sale de las narices sin importarle nada más que ser auténtico ¿No les ha ido tan mal, verdad? Ah, claro, que no sois artistas, sois gente seria y no os podéis permitir este tipo de vida… Pues ¿queréis que os diga una cosa? Estoy tomándome una cerveza y disfrutando de unos berberechos en el mejor lugar del mundo y con la mejor compañía posible. ¿Envidia? Solo hay que estar un poco loco y Lewis Carrol ya lo dijo, eso mola, mola mucho.

X.SEGÚ

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