IBA A SER, LA SIESTA PERFECTA

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Dormía apaciblemente, al lado de la ventana, con la persiana ligeramente bajada para que no entrara el calor de una tarde de julio especialmente calurosa. Estaba soñando. Mis sueños siempre son agradables aventuras en las que siempre salgo airosa. Hoy ni siquiera había adoptado una postura incómoda, de esas que te hacen despertar con los brazos ó las piernas dormidos, o con el cuello dolorido y que apenas puedes mover. No, hoy era una siesta perfecta.

De repente en el sueño alguien me toca el brazo, un toque suave, pero a la vez pegajoso, incómodo. Una rara sensación que no quiero tolerar, aparto al intruso de mi brazo y….me despierto, miro mi brazo derecho, allí donde me han tocado y oh, que horror. Pego un grito, doy un salto incontrolable, me doy un golpe en la rodilla con la mesa, tiro el vaso de agua que estaba sobre ella y sigo gritando horrorizada.

Una gran salamanquesa, un arnold schwarzeneguer de las lagartijas, un godzilla de los reptiles mediterráneos, ¡eso! había sido el culpable del toque que hizo que me despertara.

Me horrorizan esos animalitos, no lo puedo evitar . Cuando era pequeña, en casa de mis padres, en el jardín, cuando llegaba el verano siempre había alguno que hacía que mi madre reaccionara igual que yo lo he hecho hoy.

Mamá chillaba y entraba corriendo en casa, si estaba papá el salía con un tirachinas e iba a la caza del bicho, y si papá no estaba, ella no salía al jardín hasta que el volvía y lo cazaba fuera la hora que fuese.

Cuando vine a vivir a este piso pensé que como era un lugar céntrico y rodeado de más casas de pisos, nunca me iba a encontrar con uno de estos bichos cara a cara. Pero hace ya algunos años uno bastante grande venía a pasar la noche en la pared del balcón. Eso me obligó a cerrar ventanas durante el verano para evitar que entrara dentro de casa por la noche y encontrármelo encima mío mientras dormía.

No obstante y a pesar de mis precauciones, entraron en casa.

El primero fue un bebé de salamanquesa que después de tenernos a todos locos por darle caza, fue mi hijo de seis años quien pudo deshacerse de el de forma totalmente expeditiva. Cogió un cenicero de barro bastante pesado, lo puso encima del bichito como a diez centímetros de distancia y lo dejó caer encima de él.

El cenicero y el cadáver fueron directamente a la basura de la calle.

Al segundo lo cacé yo sin ayuda de nadie. Con una caja de agua de rochas que tenía vacía haciendo adorno, la abrí, la puse pasarela blanca al bicho, la cruzó y cuando entró en la caja, la cerré, me fui al balcón y vacié la caja en el vacío que hay entre la calle y los cinco pisos que nos separan de ella.

Seguramente ese día no debió morir porque creo que por su constitución esos animales pueden sobrevivir a una gran caída como esa.

Bien una vez explicada mi convivencia aterradora con las salamanquesas continuaré con la historia.

Yo saltaba y gritaba y ella en el suelo pensando, supongo, donde ir a esconderse para que esa loca histérica no le asustase más.

Mi mente se aclaró y decidí darle caza. Pero era demasiado grande para mí. Era como si tuviese que cazar un dragón de Komodo y no tuviese las armas adecuadas.

Pensé en ir a buscar la caja de agua de rochas que hay en el baño y que ya sabía que era un “arma” funcionaba, pero corría el riesgo de que se ocultase debajo del armario ó peor aún, dentro del armario, mientras yo iba y volvía con la caja trampa.

Es sabido que se pueden poner a comer ropa, y el armario que tiene más cerca es el armario de mi marido.

El es un gran coleccionista de ropa. Le encanta la ropa. Solo compra ropa. Es clásico pero extravagante. Muy cuidadoso. Extremadamente presumido. Si le pasara algo a su ropa me acusaría de haber provocado a la salamanquesa de entrar en su armario.

No puedo dejarla sola y que campe a sus anchas en el medio minuto que voy a por la caja. Son muy rápidas, más que yo.

Miro el papel de la impresora, es lo único que tengo a mano, pero con su envergadura y peso, seguro que es imposible para mí el poderla atrapar.

Veamos, demos un repaso al entorno. Aparte del papel tengo la alfombrilla del ratón del ordenador, y nada más.

Si se asusta puede ir en cualquier dirección. Siempre hacia el interior, nunca hacia el exterior. …………………………….

  • Continuará

Lola de Bosch

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