Mi perro, mi pelo y la chica del Coral Crush

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Escucho a Michel Wagemans. Le doy un poco a la cabeza y caigo en la cuenta. Cuántas cosas ocurren, qué maravilla:

Mi perro está viejo. Ya hemos superado la etapa de “se está haciendo viejo” para afrontar el que es el claro ocaso de su existencia. No le temo a la muerte, ni le tengo ningún tipo de miedo. Podría morir esta tarde que si lo hiciese mientras me tomo un buen vaso de vino o al terminar de empotrar una buena chavala, no me importaría. De saberlo, claro está, dedicaría mis últimas horas a cualquier cosa más productiva que comentar el estado de mi anciano chucho en estas miserables líneas. Volvería a fumar, me encanta fumar. Bebería un poco, comería jamón, jamón del bueno. Un “Joselito”. Y, si se pudiese, comería macarrones de mi abuela, o lenguado a la naranja preparado por mi madre. O caracoles en su salsa. Puede que no sea importante porque si solo me quedasen unas horas de vida tendría que escoger con quien pasarlas. Eso si sería jodido. Pero moriría feliz y tranquilo, y allí donde fuera que fuese me encantaría poder volver a encontrarme con él, que marchó de improviso. Eso sería la reostia. Supongo que al morir dejo de existir porque las conexiones eléctricas de mi cerebro revientan pero molaría tanto que la hecatombe neurológica me permitiese un momento de lúcida locura donde todo aquello que se me ha inculcado por cultura pareciese real. Y donde un último segundo de vida cerebral me pareciese toda una eternidad en una especie de paraíso donde pudiese hablar con él un buen rato. Y luego ya… La nada me parece una buena idea. Lo que me molesta no es la nada sino la nada que dejan algunos al dirigirse hacia ella. Putos vago, putos cabrones. Morir antes que yo. Qué mierda es esa. Espero que cuando me vaya, cuando esté hablando con él, en ese único momento de lucidez previo a la nada, pueda acariciar a mi perro. Que se siente en mi regazo, por favor. Y me da igual si es el de hace tantos años, cuando dormía en mi zapatilla o si es el de ahora, cansado y tranquilo. Pero que sea feliz, y yo lo seré, y todos contentos, y luego la nada. Eso no me importa.


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Entré en la Barbería con un tremendo miedo en mi interior. Siempre me han dado algo de miedo las barberías (o peluquerías o lo que mierda sean) porque siempre he sido muy descuidado con mi cabello. Así que cuando el chino de turno, o la choni de turno, o el “yo no corto el pelo, lo mío es arte” de turno me coge y se mira la desgracia de mi cuero cabelludo descuidado y sin orden alguno… me ruborizo. Entro y espero mi turno sentado. Cojo un libro y puede que incluso parezca que leo pero en realidad lo estoy observando todo. Gajes del oficio. Veo a un hombre de barba “feliciana” tumbado orgulloso mientras se la recortan, a una mujer con niño que espera a su marido, que hoy ha empezado vacaciones y se corta el pelo antes de marchar a cualquier sitio tranquilo donde aparcar a la mujer y el niño para ir al bar más cercano. Veo a dos chicas que cortan el pelo a estos dos hombres. El dueño del local está de vacaciones, tiene un retrato a la vista para que sepamos que él es el rey del mambo y que las dos mujeres que cortan el pelo son algo así como… “La mejor opción si no soy yo el que te corta el pelo”. Una de las dos chicas es tremendamente sensual. Rezo para que sea la mía (Nota: No soy creyente, rezo en sentido figurado).

Mientras espero, y no serán más que cinco minutos, pienso en cuán estúpidos somos en general. Ahora está de moda que la barbería parezca una barbería cuando eso era lo más fuera de onda que podía haber. Y las sillas parecen construidas hace un siglo aunque son lo último en ergonomía y deben costar un pastizal. Y las luces, y los carteles, e incluso la música. Ahora todo lo que llevaba mucho tiempo enterrado vuelve a la moda. Y la ciudad se ha llenado de tiendas donde venden las mierdas de los 70′ como grandes obras de arte. Y un sillón antiguo es más caro que una dentadura nueva. Donde la gente lleva camisas de leñadores y barbas de leñadores y todo lo demás de leñadores pero no hay madera porque es una puta ciudad. Y son empresarios, y conductores de autobús, y profesores. Y cuidan su barba y pagan veinte eurazos para tener la barba bien recortada. Y cuando besan a sus mujeres o se besan entre ellos todo es barba.

Trabajo me cuesta contarle a mi amiga, la peluquera sensual a rabiar, que yo no soy moderno o hipster o nada por el estilo. Que la barba es barba porque soy descuidado y que, como puede observar, me queda bien. Y yo qué le voy a hacer si con barba estoy más guapo. Ella me sonríe bastante, lo suficiente como para que tenga una erección; creo. Yo soy de erección fácil, tampoco es un merito destacable. Me pregunta si me peino. Y me parto la caja. Mi risa es bastante desagradable hasta que no te haces a ella así que el tío orgulloso de su barba que me ha cogido tirria porque he pronunciado con guasa la palabra hipster se gira y me mira mal. Ups. La peluquera sensual no, ella sonríe mientras le explico que no hago nada, que yo me ducho y me peino zarandeando mi cabeza como un perro. Y ya. Y ella lo entiende y me corta el pelo y después la barba, que no era la idea, y me coloca un champú que huele muy bien pero que vale un dineral. Y no me importa. Esa chica puede hacer conmigo lo que quiera. Saco billetes y pago. Y sonrío. Y a otra cosa mariposa. Pero que imbéciles sois todos por seguir las modas y que imbécil soy yo por pensar que soy diferente.


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Oye, que curioso que un hombre como él termine en un lugar como ese. Y puesto que la frase es de engranaje complicado voy a explicarme: Él es hombre de manías. Le encantan sus pequeños rituales de cada día y lo cierto es que ha desarrollado un amor tan grande por lo conocido porque le aterran los cambios y estar fuera de su zona de confort. De entre sus costumbres: leer el periódico cada día, dormir en una cama confortable o tener un rato de absoluta soledad. De entre sus manías: La arena de la playa o el Sol a toda potencia sobre su cogote

Así que me pregunto… ¿Cómo ha terminado él en un lugar como ese? Está en un maldito camping y creedme, ni el bañador ni la toalla le sientan bien. Y le molesta la sal del mar y tener que andar para todo y, para él, todo es extraño y confuso. Colocar a un personaje en una situación límite es un ejercicio de guión bastante habitual. El piloto de Breaking Bad empezaba así. El club de la lucha empieza así. Colocas a un personaje en lo más remoto de lo verosímil y luego tratas de contar cómo ha llegado hasta allí. Así que una vez más pregunto: ¿Cómo ha terminado él en un sitio como ese? Y, además, ¿Por qué sonríe? ¿Por qué narices parece feliz? ¿Qué ocurre si yo (narrador) os digo que él (protagonista) ha terminado allí por culpa de la Chica del Coral Crush?

Tenemos historia: “La chica del Coral Crush”. Y eso Mola. Mola mucho

X.SEGÚ

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